La tristeza de la luz roja
Accra (Ghana).- La luz roja de los semáforos tiene una notable tristeza en esta urbe del África subsahariana.
Cuando los automóviles se detienen ante la señalización de pare, son decenas de personas que se enciman a los carros a pedir limosnas: niños, madres con pequeños en sus brazos, hombres y mujeres en sillas de ruedas; otros que se arrastran porque no pueden ni caminar.
Entonces la luz roja parece una eternidad. Y es difícil mirarlos y no mirarlos, aunque eso solo pasa en las personas más sensibles, porque la mayoría ni se inmuta y se mantiene con los cristales cerrados. Otros, dan algún dinero, aunque no pueden ayudar a todos porque son demasiados los mendigos.
Los niños son los más tristes protagonistas de esta historia. Con apenas cinco o seis años llegan hasta las ventanillas y miran a los ocupantes de los autos con una mirada indescriptible, y su mano con la palma hacia arriba. Niños que en un país como Cuba solo piensan en la escuela y en jugar, aquí conforman un cuadro deprimente. Y los inválidos que igualmente estuvieran acogidos a la seguridad social aquí deambulan en sus sillas en busca de unos céntimos para alimentarse, y también te calan hasta lo más profundo.
Estas son las despiadadas cosas del capitalismo, y aunque se cuentan no se creen, porque hay que vivirlas.
No es Accra la culpable, con su apariencia de Primer Mundo y esta característica que la marca para siempre. Tampoco es África; es la explotación durante siglos, el saqueo de estas tierras, las riquezas de los inmensamente ricos y la pobreza de los extremadamente pobres.
Estas son las consecuencias del neoliberalismo y de un no tan nuevo orden económico internacional, que arremeten contra las grandes masas de personas de un continente cuya población tiende a desaparecer.
¿Por qué?
¿Cuándo dejará de ser triste la luz roja de los semáforos en urbes como Accra?
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